Salvo contadas excepciones – algunas facultades y escuelas que han sostenido una tradición reflexiva más exigente – la formación en diseño ha confundido durante años la observación con el registro, el método con el pensamiento y la herramienta con el criterio, privilegiándose aquello que puede mostrarse – procesos, diagramas, evidencias visibles – mientras se descuida la capacidad más difícil de enseñar: producir conocimiento a partir de lo observado.
Cada cierto tiempo el debate vuelve a encenderse con nuevos nombres y nuevas promesas. Cambian las herramientas, se actualiza el vocabulario y se incorporan metodologías que aseguran ordenar el proceso proyectual y creativo. Pero el problema persiste, porque el diseño no falla por falta de métodos, sino por una formación que rara vez se detiene en el tipo de pensamiento que está cultivando y en el tipo de diseñador que estamos formando, es decir, en el tipo de mirada que estamos entrenando.
En este semidesierto formativo, enfoques como el Design Thinking encontraron terreno fértil, no tanto por su novedad, sino porque pusieron en palabras claras algo evidente: primero debemos comprender el problema y luego diseñar. El inconveniente apareció cuando esa promesa se redujo a un método de pasos ordenados por cumplir, una liturgia de mapas, post-its a destajo y plantillas que organizaban el trabajo, pero no garantizaban una comprensión acertada, ni una correcta interpretación de relaciones, contextos o insights verdaderamente relevantes. La observación se transformó entonces en un trámite y dejó de ser una práctica intelectual para convertirse en una simulación de pensamiento. Esto resulta preocupante, porque cuando la observación es débil, la tecnología se convierte en refugio identitario, y una identidad profesional basada en el software de moda es frágil y fácilmente reemplazable.
El problema, por tanto, está a la vista y no es la tecnología, sino la ilusión de que el pensamiento puede delegarse en métodos o plataformas. La observación profunda – la que produce conocimiento y no solo información – no se automatiza ni se descarga, se entrena lentamente, con rigor y paciencia.
El desafío para la educación en diseño hoy no consiste en sumar más frameworks ni en actualizar sin pausa el listado de competencias, mallas o perfiles de egreso, sino en enseñar a observar como un acto intelectual y no como una fase del proceso. Enseñar a transformar lo observado en conocimiento y ese conocimiento en decisiones con sentido e impacto real en las personas y usuarios de productos o servicios. Mientras la observación siga tratándose como un trámite, el método como salvación y el resultado visual como prueba de éxito, el diseño continuará confundiendo creatividad con decoración y proceso con pensamiento.
Raya para la suma, y a riesgo de parecer para muchos en exceso “etéreo”, tal vez el diseñador que hoy necesitamos sea el que sabe mirar donde otros no miran y cuestionar incluso aquello que se le enseñó como incuestionable. En ese sentido, observar – como planteaba Fabio Cruz, fundador de la Escuela de Arquitectura y Diseño de la PUCV – no es una técnica ni una etapa, sino una actividad del cuerpo y del espíritu que permite acceder, una y otra vez, a una visión siempre nueva de la realidad.